El último adiós de un amor eterno
Cuando el cuerpo se va, pero el amor se queda para siempre.
Cuando el cuerpo se va, pero el amor se queda para siempre.
Este año, la vida me sorprendió con algo que jamás imaginé… regresé a México sin saber que sería para vivir los últimos meses al lado de mi pilar más fuerte: mi mamá.
🕊️ Dios me concedió el regalo más especial que alguien puede recibir: acompañar a la persona que más amas en su transición más profunda, de la vida… a la eternidad.
Fueron momentos muy dolorosos, para ella, para la familia y para mí. Por eso hoy elijo sanar a través de la escritura, dejando que cada palabra me ayude a soltar la tristeza que llevo dentro, para sanar mi corazón que se rompió en pedacitos cuando ella se fue, y al mismo tiempo, agradecer el privilegio de haber estado a su lado hasta ese último suspiro.
Quiero dejar por escrito lo que vivimos juntas en esa etapa tan sagrada, las emociones que nos envolvieron, las señales que me dio desde el alma, las lágrimas, los miedos… pero también la paz, el amor y esa conexión tan profunda que nos unió más que nunca.
🤍 La ilusión de que todo sería como antes…
En casa, de cierta forma, habíamos normalizado los altibajos médicos de mi mamá. Desde su infancia había enfrentado desafíos de salud constantes, pero nunca la vimos rendirse, era una guerrera nata, una mujer con una fuerza interior inmensa, que siempre luchó por vivir… y por darnos siempre lo mejor de ella.
Quizás por eso, en el fondo, pensábamos que era invencible, la vimos caer muchas veces, y siempre —siempre— se levantaba, con más coraje, con más luz, por eso creímos que esta vez sería igual 😔. Pero Dios tenía otros planes para ella… y también para nosotros, sobre todo para mí, su hija menor, que tuve el privilegio de estar a su lado cuando más lo necesitó.
Recuerdo con claridad cuando el médico, frente a ella, nos dijo que le quedaba muy poco tiempo de vida, aunque su cuerpo ya era frágil y su mirada se perdía por momentos, hizo un esfuerzo por incorporarse y, con voz firme, dijo que quería salir de allí. Aun en su debilidad, mantenía ese deseo de seguir luchando, de regresar a casa…
Esa misma semana, parecía que se estaba recuperando, tenía hambre, conversaba, incluso pidió que la llevaran a pasear por el pasillo. Fue una ilusión hermosa… pero efímera.
Su cuerpo ya estaba muy cansado, y pronto comenzaron a notarse de nuevo los signos de la enfermedad.
El día que salió de la clínica, se despidió del personal médico con una sonrisa y una promesa: que volvería a visitarlos. Esa fe suya en la vida me partía el alma y, al mismo tiempo, me llenaba de admiración y esperanza.
Durante el trayecto de regreso a casa, la tomé de la mano y le pregunté si estaba contenta de volver, me miró con dulzura y me dijo que sí, que le gustaba estar de paseo, luego, con su vocecita suave, me pidió algo que me desarmó por completo: “Hija, quiéreme… quiéreme mucho.”
Y claro que la quise, la quiero, y la seguiré queriendo en esta vida y en la eternidad.
A lo largo del proceso, me tocó tomar decisiones que jamás imaginé tener que tomar, algunas dolorosas, todas con miedo… pero también con amor. Recuerdo que le pregunté al médico cómo avanzaría la enfermedad, qué era lo que debíamos esperar, para poder brindarle los cuidados que le permitieran irse en paz, sin dolor ni angustia.
Nada fue fácil, pero fue lo más hermoso que pude hacer por ella. Acompañarla no solo en su vida, sino también en el momento de su partida…
Y así llegó ese instante… ese que tantas veces temí, ese por el cual lloré todas las noches en silencio, ese que no quería que llegara nunca, pero que, en el fondo, sabía que sería inevitable.
Recuerdo que algo dentro de mí empezó a percibirlo, su oxigenación comenzó a bajar, su ritmo cardíaco se aceleró, su cuerpo comenzaba a dar señales… pero su corazón seguía luchando con fuerza, hasta el último momento, mi mamá no dejó de luchar. Su cuerpo ya estaba muy cansado, pero su corazón valiente resistía, queriendo continuar aquí.
Y aunque por dentro me rompía, supe que tenía que mantenerme en pie… por ella.
No sé cómo, tuve la claridad de tomar el teléfono y llamar al médico, le pedí orientación, le conté todo, luego llamé a mis hermanos, a mis sobrinos, a mis tíos… no podía permitir que se fuera sola. Ella merecía partir rodeada de amor, de familia, de las voces que le eran conocidas, de las manos que siempre la cuidaron.
Poco a poco todos llegaron, nos reunimos a su alrededor, en su habitación, y comenzamos a orar. Oramos desde el alma, pidiendo que pudiera irse en paz, sin dolor, sin miedo. Le dimos palabras de amor, de gratitud, de permiso para soltar, le dijimos que todo estaría bien… aunque por dentro, todo se sintiera al revés.
Ese día, su habitación se llenó de algo que no puedo explicar: una energía sagrada, profunda, suave… como si el cielo entero se hubiera hecho presente. No hubo miedo, solo un silencio amoroso, lágrimas sinceras y una presencia espiritual muy fuerte que nos envolvía a todos.
Mi mamá no se fue sola, se fue acompañada, sostenida, envuelta en todo lo que dio en vida: amor, luz, ternura y fe.
La despedimos como ella lo merecía, como la gran mujer que fue. La acompañamos hasta su último aliento, rodeada del amor de su familia, en paz, con muchas flores y con un mariachi cantando Amor Eterno, tal como ella siempre nos lo pidió.
Y aunque fue desolador para nosotros, para ella fue un cierre digno, sagrado, lleno de amor. Un final mágico… porque estuvo acompañada. Porque no se fue sola.
Hoy escribo estas palabras no solo para rendirle homenaje, sino para honrar también el poder de estar presente, porque a veces, la despedida más dolorosa se convierte también en el acto de amor más grande.
Gracias, Mamá, por tanto.
Tu luz me guía.
Tu fuerza me habita.
Y tu amor… vive en mí para siempre.
Me encantaría conocer también un poco de ti...
Si alguna vez has pasado por algo similar, me encantaría leer tu historia...
Con gratitud y cariño, me despido de ti. 💖✨
Rox Balam Experiences